Televisiones de plasma, potátiles ultraligeros, libros electrónicos y, por supuesto, el iPhone o el móvil son elementos tecnológicos presentes en nuestras vidas y que están en un proceso de evolución constante para ofrecer a los consumidores los servicios más avanzados. Las empresas son conscientes de que cuantas más ventajas y utilidades ofrece un producto más posibilidades hay de que alguien se interese por él. Pero también saben que hay un público potencial que quiere estar a la última, que no le importa cuanto cueste un gadget siempre y cuando sea lo más moderno. Esta tendencia social se afianza cada vez más en la sociedad y los expertos ya le han puesto nombre. Se trata de los neófilos. Un grupo de personas, sobre todo hombres, obsesionados por la tecnología más moderna.
 
 
Esta tendencia se empezó a identificar en Japón, donde investigadores universitarios relacionaron el comportamiento neófilo con causas genéticas, en concreto con una enzima presente en las mitocondrias. Sea por este motivo, sea por el simple gusto por consumir lo más novedoso, las empresas han sabido aprovechar el auge de los neófilos. Así, dosifican su capacidad de superación electrónica haciendo hincapié no sólo en el producto en sí, como puede ser el iPhone, sino también en la evolución de sus complementos. Un ejemplo es el de Apple cuyo volumen de facturación ascendió a 869 millones de euros gracias a este target de mercado.
 
 
Y es que para los neófilos, las novedades tecnológicas tienen un componente emocional. De esta forma, se ha acuñado, sobre todo en el entorno masculino un nuevo término: el de techno sexual. Estos hombres tratan a los productos tecnológicos como la blackberry o el iPhone como si fueran “auténticos atributos viriles, que se exhiben con orgullo y se asocian con el poder y el status social”, según explicó en una entrevista Philip Kotler, elegido Líder en Pensamiento de Mercadotecnia por la American Marketing Association en 1975 y considerado una eminencia en la materia.
 
 
 
Para muchos, los neófilos serían el equivalente de las fashion victims: mujeres que se obsesionan por los avances en moda y darían lo que fuera por adquirir las últimas novedades de los diseñadores más prestigiosos. El comportamiento neófilo si se agudiza puede ser tan adictivo como una droga. Las personas que se enmarcan en esta tendencia tienen unas características que los diferencian claramente: son osados, prueban el producto y discute a muerte sus cualidades. Es por ello que se les denomina early adopter. A estos compradores no les importa que el producto vaya a evolucionar, quieren ser los primeros en obtenerlo sin tener en cuenta el precio.
 
 
Los neófilos, además, son marcadores sociales claros que buscan diferenciarse a través del consumo y obligan a la industria a estar en continuo movimiento para satisfacer sus necesidades. Como marcadores de tendencia, los neófilos o early adopter condicionan el mercado y los tipos de compradores, entre los que se pueden encontrar los compradores posteriores, los trendy (prioriza el diseño y no saca todo el rendimiento al producto) y el ocio premium (centrado sobre todo en televisiones de plasma, móviles de gama alta o el blue ray).
 
 
Pero en toda cara hay una cruz y, frente a los neófilos se sitúan los neofóbicos: aquellos que huyen de lo moderno como si del mismo demonio se tratara. Y es que para ser feliz no siempre hace falta consumir. De hecho, un estudio del Centro de Investigación New Economics Foundation del Reino Unido desveló que los habitantes de ciertas islas del Pacífico y de países pobres del Caribe están entre las naciones más felices del planeta, con economías que se basan en la agricultura a pequeña escala y el turismo. Mientras, países de cultura milenaria como Japón ya se han apuntado a la moda neófila con exposiciones que duran tres días o productos que, en vez de cambiar su contenido, renuevan el etiquetado para gozo de consumidores y, sobre todo, de empresarios.
 
 
Escrito por Iria Suárez
Imagen portada Marta Álvarez

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